En julio de 1994, dos crímenes golpearon de por vida a más de 200 cubanos, entre víctimas directas, familiares y defensores de los derechos humanos que investigamos y denunciamos los hechos mencionados en el título de este artículo. Estuve involucrado en ambas denuncias. Las dos fueron primicias difundidas por Radio Martí a través del periodista Álvaro D. Insua.
De esos casos aprendí algo que jamás se olvida: no es lo mismo redactar una noticia o una comunicación sobre violaciones de derechos humanos a partir de testimonios indirectos, que hacerlo cara a cara con los perjudicados cuando todavía están en shock. Esas imágenes quedan grabadas para siempre. Regresan cada aniversario para reabrir un dolor inconmensurable e infinito.
Aunque intencionalmente olvidé su nombre, recuerdo perfectamente su rostro: inexpresivo, labios estrujados, incoloros, ojos lacrimosos y cuerpo agarrotado. Solo sus manos trepidaban con rapidez.
Ella repetía su argumento: —No puedo decirle a ustedes qué pasó sin el consentimiento de mi esposo, porque él es militante del partido (comunista) y no lo puedo perjudicar.
—Pero, asesinaron a su amiga. Es un hecho atroz, denunciable —le insistí.
—No hablaré sin permiso de mí esposo. No puedo —sentenció.
Yosvany Pérez Díaz, organizador del Partido Pro Derechos Humanos de Cuba (PPDHC) en el municipio capitalino Arroyo Naranjo, y yo regresamos más tarde, ya en la noche. Hablamos con el esposo de la testigo, quien, luego de escuchar nuestras razones, accedió a que su esposa declarara a cambio de que su identidad se mantuviera en el anonimato. Así confirmamos que un militar asesinó a Virginia Herrera Brito disparándole una ráfaga de proyectiles calibre 7.62 x 39 mm. con un fusil tipo AK-47.
La testimoniante y cuatro niños residentes del barrio acompañaron a Herrera Brito a recoger mangos, previa autorización del guardia que cubría la posta en la entrada de la granja de autoconsumo del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MINFAR), ubicada en la carretera de El Lucero, reparto Mantilla, Arroyo Naranjo, La Habana, Cuba. No era la primera vez que el grupo pedía mangos y se le permitía recolectarlos. La advertencia era siempre la misma: —Cojan solamente mangos del suelo, no derriben los que están en los árboles.
Aquel sábado 23 de julio parecía un día normal hasta que un guardia interceptó al grupo de mujeres y niños. Portaba un fusil y, dirigiéndose a Herrera Brito, cuestionó por qué estaban en una propiedad militar. Ella trató de explicarle que habían entrado a la granja autorizados por el guardia que cuidaba la entrada, pero el militar del AK-47 le gritó: —¡Cállate, negra de mierda, si no te voy a callar yo!
Virginia Herrera Brito obedeció la orden y se calló, pero aun así el militar cargó su fusil y le disparó una ráfaga que le destrozó el tronco a la altura de los senos. Su cuerpo aterrizó boca arriba, convulsionando y ensangrentado. Ella no gritó ni se quejó de dolor. Quedó torcida para siempre. La testigo y los menores huyeron del lugar. Atrás quedaron los mangos recogidos en algunas bolsas de nylon, el cadáver de Herrera Brito y el asesino blandiendo su fusil.
Virginia Herrera Brito tenía unos 30 años, era negra, empleada de la oficina donde se pagaban las multas impuestas en el municipio Arroyo Naranjo y residía en la barriada de Mantilla. Cuando tratamos de obtener la declaración de sus familiares, un hermano de ella nos echó del lugar.
—No voy a decir ni una palabra, como me recomendó el oficial de la Seguridad del Estado que vino a atendernos por el asunto de mi hermana —advirtió el hombre y de seguido amenazó—. Así que, si no se van de inmediato, llamaré a ese oficial para que los arreste. ¡Por aquí no vuelvan a venir! ¡Contrarrevolucionarios!
Yosvany y yo nos retiramos en silencio. Ambos identificamos el miedo que latía debajo de la “revolucionaria” diatriba del hermano de Herrera Brito. Sin embargo, no todos los familiares de las víctimas se pliegan a las presiones de los agentes de la policía política o Seguridad del Estado (G-2). Un ejemplo de lo contrario es la familia de Víbora Park, a la que asesinaron a dos de sus integrantes cuando trataron de huir a Estados Unidos a bordo del remolcador “13 de Marzo”.
Álvaro D. Insua, periodista de Radio Martí desde su fundación en 1985. Falleció en 2019 en la ciudad de Miami a los 83 años de edad. Instruyó a decenas de actores de la resistencia en cómo reportar las denuncias para la prensa. En el PPDHC siempre se recuerdan sus enseñanzas.
No cabe duda de que ordenar y supervisar la ejecución de una matanza de personas para luego culpar de su muerte a las propias víctimas fue una táctica planificada dolosamente para justificar a los autores de esa masacre. Así queda demostrado en la nota de prensa publicada por el periódico oficialista Granma del 14 de julio de 1994, bajo el titular “Zozobró remolcador robado por elementos antisociales”, donde se afirmó: “Este irresponsable hecho de piratería (...) ha provocado este desagradable incidente que continúa siendo investigado por las autoridades competentes”.
En contraposición a esa versión, el Partido Pro Derechos Humanos de Cuba (PPDHC) difundió una denuncia en la que revelaba que el remolcador “13 de Marzo” había sido hundido por tres embarcaciones (de nombre Polargo 2, Polargo 3 y Polargo 5) que lo persiguieron, acosaron y embistieron por órdenes directas de altos oficiales del Ministerio del Interior, quienes se personaron en el puerto de La Habana para dirigir la operación desde allí. La denuncia del PPDHC señaló además que había víctimas bajo arresto y otras desaparecidas, en cantidades aún no determinadas en ese momento. El dato clave es que esa denuncia se publicó por Radio Martí apenas 24 horas después de la masacre, acontecida el 13 de julio de 1994. El periodista Álvaro D. Insua editó y presentó el reporte para que se conociera la masacre en voz de Maritza Expósito Torres, vocera nacional del PPDHC.
Nota informativa sobre el remolcador 13 de Marzo publicada en Granma el 14 de julio de 1994.
El presidente del PPDHC llama a identificar las víctimas del remolcador
Luego de que Radio Martí difundiera la denuncia de la masacre del remolcador, el presidente del PPDHC, Nelson Torres Pulido, llamó a todos los delegados municipales del partido en la capital para presentarse en la sede de la organización, que era la casa de Torres Pulido y su esposa. Allí les asignó, con carácter urgente, la tarea de investigar en sus respectivos municipios para identificar quiénes eran las personas que viajaban a bordo del remolcador y precisar individualmente si estaban bajo arresto o desaparecidos.
Recuerdo que, luego de darnos la tarea, el presidente del PPDHC habló conmigo en privado.
—Mi hermano Lázaro, necesito tu apoyo en otro par de asuntos.
—Sabes que puedes contar conmigo, mí hermano.
Aunque llamarse “hermano” entre los miembros de la oposición o la resistencia en aquella época era una práctica extendida, en el caso de Nelson Torres Pulido y mío tenía otra connotación, porque ambos éramos masones.
—Primero debo informarte que Maritza y yo sufrimos la primera represión del G-2 el mismo 14 de julio cuando tratamos de entrar en la SINA para entregar allí copia de esta denuncia del remolcador y de otras que teníamos acumuladas para enviar a la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas —dijo Torres Pulido.
—Reaccionaron rápido.
—No solo rápido, sino que fue brutal. Dos autos del G-2 interceptaron aparatosamente el carro en que Maritza y yo viajábamos. Nos sacaron del auto a la fuerza. Nos quitaron los documentos y nuestros carnets de identidad.
El presidente del PPDHC me detalló que él y Maritza, la vocera —quien era su esposa—, quedaron en medio de la calle rodeados de agentes del G-2 vestidos de civil, porque al chofer del carro en que viajaban uno de los oficiales le ordenó irse o, de lo contrario, le incautarían el auto y suspenderían su licencia de conducir. El conductor huyó del lugar.
—Mi hermano Lázaro, nos amenazaron de muerte. Según los del G-2 la denuncia del remolcador pone en riesgo la seguridad nacional y ellos la consideran una provocación directa a Fidel Castro. Realmente, estoy preocupado —advirtió.
—Maritza y tú deben considerar irse unos días a un sitio seguro —le sugerí.
—Este no fue un acto represivo cualquiera —indicó el presidente del PPDHC y agregó—. Te pido que, de pasar lo peor con Maritza y conmigo, no permitas que el partido sea destruído. ¿Puedo contar contigo, mí hermano?
—Por supuesto, que puedes contar conmigo —le prometí.
—El otro asunto es que voy a enviar a una persona para que te dé unas declaraciones, por lo que necesitarás una grabadora. Cuándo la tengas, me avisas y yo le digo al hombre que vaya a verte a un lugar seguro que dispongas en tu municipio. Luego te explicaré qué haremos con esa grabación. ¿Puedes hacer este trabajo?
—Sí, puedo hacerlo. Hay un activista encubierto que puede prestarme el equipo para grabar. Cuando coordine todo te aviso.
—No le informes a nadie sobre este hombre ni las declaraciones que te dará. Esto lo haremos entre tú, él y yo. Confió en tí porque eres mi hermano masón.
—Cuenta con mi discreción.
Nelson se acercó a pocos centímetros de mí y susurró:
—Se trata de la fuente que me informó sobre el hundimiento del remolcador. Era el maquinista de uno de los tres barcos que usaron para hundir al remolcador, pero hoy me avisó que lo echaron del trabajo y aunque él niega haber filtrado la información, lo tienen vigilado, amenazado, teme por su vida y la de su familia.
—Entiendo la gravedad del caso.
Al terminar la frase, el presidente del PPDHC estrechó mi mano con el signo masónico propio del grado de Maestro. Un gesto no solo de hermandad, sino de confianza plena en mi persona.
Ahora sabía por qué el PPDHC pudo denunciar rápidamente la masacre del remolcador “13 de Marzo”. Luego, mientras pedaleaba en mi bicicleta china de regreso al municipio Arroyo Naranjo, no dejé de pensar en esa conversación porque nunca había notado a Nelson Torres Pulido tan preocupado por la intensidad de la represión en su contra.
Lo primero que hice al llegar a Arroyo Naranjo fue recoger la grabadora y después dejarla en la casa segura donde entrevistaría al maquinista que filtró la información. Allí dejé instrucciones precisas de que un hombre vendría cualquier día, por lo que debían estar atentos, acogerlo de inmediato y avisarme rápidamente de su llegada. Por último, llamé por teléfono al presidente del PPDHC, le di la dirección de la casa y la palabra clave que debía decirse para ser recibido allí.
—En su momento le diré y él irá por allá. Recuerda asegurar bien la grabación con su testimonio —recalcó Nelson, a quien le contesté que todo estaba debidamente coordinado.
Por último, fui avisando a los delegados de barrio y a los directivos del municipio sobre la tarea que nos asignaron de investigar para hallar e identificar a quienes iban a bordo del remolcador 13 de Marzo. En la noche del 14 de julio todos los activistas de nuestra zona conocían qué hacer al respecto. Desafortunadamente para la dictadura, el PPDHC tenía ojos y oídos en cada rincón de Arroyo Naranjo.
El remolcador 13 de Marzo atracado en el Puerto de La Habana.
Federico Pérez, alias Freddy, era popular en la barriada de Víbora Park porque no era un cartero cualquiera, sino un hombre honesto y respetuoso. Era un excelente trabajador, como suelen ser casi todos los que disienten del régimen comunista. En la mañana del 15 de julio de 1994, Freddy tenía correspondencia para entregar en la vivienda ubicada en Kessel No. 181, entre 4ta. y 5ta. Aunque la puerta estaba entreabierta y se escuchaban varias personas hablando en voz alta, el cartero tocó con moderación. René, el carnicero, terminó de abrir la puerta y salió al portal, mientras los de adentro quedaron en silencio.
—Buenos días René. Tienes cartas y el periódico de hoy —dijo Freddy al tiempo que hacía la entrega.
—Espera un momento que te traigo café acabadito de colar.
Cuando el carnicero regresó, Freddy indagó: —¿Estás bien?
—No. Estoy asustado. Hoy todos en esta familia estamos en la peor de las situaciones.
—¿Hay alguien enfermo? ¿Pasó algo malo?
—Ese es el problema Freddy, no sabemos nada de mi hija Julia ni de mi nieto Ángel René.
—Pero si viven aquí contigo, ¿cómo no sabes nada de ellos?
—Es que se tiraron al mar en un barco que hoy hace dos días salió del puerto de La Habana y no sabemos nada de ellos, pero escuchamos por Radio Martí que este gobierno hundió una embarcación con personas que huían para Estados Unidos. Hay desaparecidos y presos.
—Pero, René, ¿estás seguro que tu hija y nieto iban en ese barco que hundieron?
—Es muy posible porque es del único barco del que se habla y no hemos recibido ninguna llamada de ella desde Estados Unidos, como quedó acordado ella haría —precisó el carnicero secándose las lágrimas de sus ojos con el dorso de la mano derecha—. El periódico Granma de ayer también habla de un barco hundido, pero no informa los nombres de quienes viajaban en ese barco.
—René, siento mucho por lo que estás pasando. Si quieres te puedo poner en contacto con la gente de los derechos humanos. Quizás ellos sepan algo o te puedan ayudar a saber qué pasó.
—Freddy, tú me conoces hace años, sabes que por mi familia hago lo que sea. Dile que sí, que vengan a verme de parte tuya.
—Perfecto. No te preocupes. Mi hijo Yosvany es uno de los que te vendrá a ver. Tú lo conoces. No comentes nada y mantén la calma. Yo me encargo.
Al mediodía, el hijo de Freddy, Yosvany Pérez Díaz, quien era el organizador municipal del PPDHC, y yo nos personamos en la casa de René. El carnicero de Víbora Park estaba visiblemente nervioso y su esposa, reclinada en un sofá, permanecía rodeada de cinco de sus hijos, hembras y varones, todos adultos.
—Mi esposa tiene la presión por el cielo —nos comentó René después de los saludos de rigor.
Ella sostenía en sus manos una fotografía tamaño 5 por 7 pulgadas de su hija Julia cargando a su nieto Ángel René. Yosvany y yo hicimos las preguntas necesarias para conseguir la información básica: nombres, apellidos, edad, parentesco, dirección y cualquier otro dato de utilidad.
—A mí hija y nieto los recogieron en Párraga en una guagüita Coaster que transportó a todos los que se iban del país en ese viaje —precisó René.
El hombre se refería a un ómnibus Toyota Coaster, de unos 20 asientos, muy popular en la década de los 90 porque había sido donado a Cuba por Japón.
—René, usted sabe quién contactó a su hija con los organizadores de la salida del país —pregunté.
El carnicero miró hacia su esposa, que seguía rodeada de hijos, y ella, con voz apagada, le ordenó:
—Dile todo René, todo lo que sabemos, a ver si nos pueden ayudar a saber de Julia y Ángel, por favor.
René nos dio una dirección en el barrio colindante, Santa Amalia, y nos alertó: —No sé sus nombres, pero son buenas personas, ellas son hermanas, su padre y su hermanastro iban en el barco. Ellas pueden dar más información.
En el PPDHC tenemos por norma no saber más de lo necesario ni preguntar lo que no compete al caso. No socializamos con las víctimas de violaciones de derechos humanos ni con sus familiares. Mantenemos una relación estrictamente profesional.
Entramos por un pasillo y casi al final estaba la puerta del apartamento. Yosvany tocó tres o cuatro veces. Una cabeza de mujer apareció en la diminuta franja que se abrió entre la puerta y el marco. Nos miró y preguntó:
—Quiénes son ustedes y qué quieren.
—Somos amigos de René el carnicero y de su familia —contestó Yosvany y agregó—. Él nos dijo que podíamos hablar con ustedes, somos defensores de los derechos humanos y estamos averiguando sobre la identidad de quienes iban en el remolcador 13 de Marzo.
—¿Qué es eso del remolcador?
—Nos permites entrar y les explicamos —pregunté.
—Esperen un momento, por favor —la mujer cerró la puerta y a través de esta oímos el murmullo de dos voces femeninas. La puerta fue abierta, pero ahora plenamente. Dentro del inmueble, dos mulatas treintañeras señalaron un sofá pequeño y casi al unísono dijeron—. Pasen y siéntense.
Yosvany hizo las presentaciones. Una de las hermanas repitió la pregunta:
—¿Qué cosa es esa del remolcador?
—Un tipo de embarcación que se usa para guiar a los barcos mercantes que entran en la bahía de La Habana —le contesté.
—René el carnicero nos dijo que podían ayudarnos, porque el padre y un hermanastro de ustedes viajaban en el mismo barco que la hija y el nieto del carnicero, iban para Estados Unidos —precisó Yosvany.
—Eso es correcto —aclaró la segunda mujer, pero al instante indagó—. Pero, ¿lo del remolcador qué?
—Ese barco y el remolcador son lo mismo. Es la misma embarcación —especifiqué.
—Ya. Ahora entiendo.
A partir de ese momento, cada pieza fue encajando rápidamente en su lugar: el padre de ellas, Arquímedes Venancio Lebrigio Gamboa (52 años), y su hermanastro, Jorge Arquímedes Lebrigio Flores (28 años), salieron hacia el puerto de La Habana en el ómnibus Toyota Coaster en horas de la noche del 12 de julio. Junto con los hombres, también subieron al ómnibus Julia Caridad Ruiz Blanco (35 años) y su hijo Ángel René Abreu Ruiz (3 años).
—El chofer de la guagua que los recogió, no sé su nombre, pero sé dónde vive su familia en Barrio Azul —recordó una de las mujeres.
La dirección que nos dieron las hermanas de Santa Amalia no era exacta, sino del tipo: ve hasta tal calle, dobla a la derecha, camina dos cuadras, dobla a la izquierda y es la tercera casa de la acera que te queda a la derecha. Así llegamos a la vivienda que nos indicaron en Barrio Azul, un área ubicada a la derecha de la Calzada de Bejucal, colindante con el entronque de La Palma, en el municipio Arroyo Naranjo.
—Ya él no vive aquí —afirmó la sesentona, y después agregó—. Él se casó y se mudó a Guanabacoa.
—¿Puede darnos su nombre, edad y dirección en Guanabacoa? —la señora accedió moviendo la cabeza de arriba a abajo—. Lázaro Enrique Borges Briel, 34 años de edad, la dirección es Soledad No. 166 pero no recuerdo las entrecalles. Es en el Reparto Mañana.
Ella cerró suavemente la puerta. Yosvany y yo comenzamos a pedalear en nuestras bicicletas chinas, marca Forever, hacia la sede nacional del PPDHC en San Miguel del Padrón.
Fotografías de 37 de los 41 asesinados en la masacre del remolcador. Faltan 4 por identificar.
Nelson nos recibió cordialmente, como siempre. Su casa parecía un cuartel militar. Activistas y delegados de varios municipios iban y venían con sus papeles. Nosotros entregamos la lista de víctimas de Arroyo Naranjo, con la nota al margen de que una de ellas se había mudado para Guanabacoa.
Maritza nos interceptó y me dijo: —Lázaro, necesito que redactes la primera lista con los casos que hemos encontrado hasta ahora, porque en un rato tendremos una llamada con Radio Martí y la leeré, pero me hace falta que la lista sea legible y tú tienes buena letra.
—Con gusto.
Nelson me devolvió la lista de Arroyo Naranjo. Maritza me dijo que me sentara donde pudiese y me entregó las listas elaboradas por los otros delegados de municipio.
—Por favor, lo más rápido posible —insistió.
Yosvany se sentó en el suelo de la sala. Me acomodé a su lado. Organizamos los papeles. Él comenzó a dictar nombres, apellidos, edad, parentesco y dirección de las víctimas. En unos minutos terminé de escribir la primera lista de víctimas del hundimiento del remolcador 13 de Marzo. Era un listado parcial. Aún se desconocía quiénes habían sido asesinados y quiénes sobrevivieron.
—Muchas gracias —dijo Maritza al recibir la lista. Al rato entró la llamada telefónica de Álvaro D. Insua y nuestra vocera nacional, con su voz firme y registro bajo, dio a conocer al mundo libre los nombres de las primeras víctimas de la masacre.
Las mujeres y los menores sobrevivientes de la masacre del remolcador fueron liberados, pero los hombres siguieron presos y se temía que fueran enjuiciados sin las debidas garantías procesales, como siempre ocurre en Cuba desde 1959.
El PPDHC en El Cotorro logró romper la vigilancia de la policía política en torno a las mujeres liberadas en su área y sacó a dos de ellas de la iglesia, por una puerta trasera de la sacristía. Luego las trasladó en bicicletas a una casa segura donde Radio Martí, siempre a través de Álvaro D. Insua, las entrevistó y así salieron al aire los primeros testimonios de los sobrevivientes.
El maquinista de uno de los remolcadores denominados Polargo, que había filtrado la información del hundimiento del remolcador, llegó a la casa segura en Arroyo Naranjo y pude hablar con él, aunque no pude entrevistarlo porque estaba aterrado y dijo que regresaría en otro momento. Le insistí, pero me explicó que no podía organizar sus ideas porque lo habían agredido físicamente cuando venía en camino a verme. Los hechos ocurrieron en Miramar, frente a la cafetería Casalta.
—Estaba en la parada frente a Casalta esperando la guagua. Me encontraba al final de la cola. Se detuvo un auto negro del cual bajaron tres personas vestidas de civil, se identificaron como agentes del G2, me gritaron de todo y me golpearon —el maquinista hizo una pausa y prosiguió—. En el piso uno de ellos sacó su pistola, la apretó contra mi boca y me gritó que me mataría si comprobaba que había hablado.
Seguí insistiendo, pero nada. No pude conseguir su nombre ni su dirección exacta. Tenía laceraciones en su cara, el área debajo del ojo izquierdo estaba hinchada y amoratada. Me susurró que vivía en un edificio situado en la calle paralela a la 4ta. Unidad de la Policía en el municipio habanero de El Cerro. Cuando le pedí precisión, ya iba saliendo por la puerta; se viró y me dijo: —Es por la zona de atrás de la 4ta. Unidad de la Policía.
Lo vi alejarse a pasos acelerados. Nunca regresó. No supe más del maquinista del Polargo. Le conté a Yosvany del maquinista, después que todos los integrantes de la dirección nacional y provincial de La Habana del PPDHC se fueron del país a raíz de la crisis de los balseros. Tratamos de localizarlo en su apartamento del Cerro pero no lo conseguimos.
El Maleconazo y el tsunami de balseros
El 5 de agosto de 1994, en La Habana, miles de cubanos salieron a las calles a protestar. Hubo muertos, heridos, presos y represión brutal, antídotos contra el disenso en Cuba desde 1959. Esa manifestación se produjo principalmente en zonas de los municipios Centro Habana y Habana Vieja que colindan con el Malecón, por eso se le conoce con el nombre de El Maleconazo. Allí estuvimos presentes, colectando información, más de 30 activistas del PPDHC de la delegación de Arroyo Naranjo.
Para desviar la atención de la crisis interna, Fidel Castro levantó las restricciones de salida del país por cuenta propia y, en un discurso, conminó a que se fuera para Estados Unidos todo el que quisiera. En esa huida masiva salieron decenas de miembros de la resistencia entre ellos del PPDHC quienes estaban bajo represión de la policía política desde la denuncia del hundimiento del remolcador 13 de Marzo.
El PPDHC quedó descabezado por una combinación de represión sostenida, emigración forzosa y una operación encubierta de la contrainteligencia que ya venía empujando a su agente Odilia Collazo Valdés, alias Lily, alias Tania, para colocarla al frente del partido. Fue una jugada precisa, efectiva y super planificada que nos tomó meses detectar, comprender y contraatacar.
Los únicos que permanecimos en Cuba después de participar en la investigación y denuncia del hundimiento del remolcador 13 de Marzo fuimos los de Arroyo Naranjo. En nuestro municipio fueron asesinados Julia Caridad Ruiz Blanco (35 años), su hijo Ángel René Abreu Ruiz (3 años), Jorge Arquímedes Lebrigio Flores (28 años) y localizamos al chofer del ómnibus Toyota Coaster, Lázaro Enrique Borges Briel (34 años), quien vivía en Guanabacoa con su esposa e hija, también asesinadas. El único sobreviviente en nuestra zona fue Arquímedes Venancio Lebrigio Gamboa (52 años), quien no hizo declaraciones cuando lo liberaron porque estaba gravemente afectado por estrés postraumático.
Vista de la calle Galiano esquina a Ánima, municipio Centro Habana, durante El Maleconazo.
Primeros aniversarios de la masacre
Los integrantes del PPDHC iniciaron la práctica de ir al Malecón cada 13 de julio a echar flores al mar para honrar a las víctimas de la masacre del remolcador 13 de Marzo. Una acción directa no violenta que fue reprimida año tras año. No obstante, hoy los miembros de organizaciones políticas, de ONGs u otros actores de la sociedad civil en Cuba no suelen recordar de hecho el aniversario de ese crimen, cuyo saldo fue de 31 sobrevivientes y 41 asesinados, cuatro aún sin identificar, de los cuales 10 eran menores de edad.
Por su lado, organizaciones en el exilio suelen realizar actos rememorando la masacre del remolcador 13 de Marzo, pero manipulan la narrativa y nunca mencionan el trabajo investigativo realizado por los miembros del PPDHC, ni la represión en su contra. Tampoco invitan a los integrantes del PPDHC a esas conmemoraciones de conveniencia. En cuanto a Martí Noticias, una sola vez ha señalado al PPDHC como fuente de esa primicia y ni siquiera pudo conservar las cintas originales con los audios correspondientes a esa investigación. Las perdió. Y con esos audios se perdieron también pruebas, testimonios y parte de la historia de Cuba. El G-2 ganó con tales pérdidas.
Activistas de varias organizaciones celebran un aniversario de la masacre del remolcador 13 de Marzo. Ellos portan flores que después arrojarán al agua en el Malecón de La Habana.
Un fenómeno paranormal que sucede cada año y pocos perciben
Si se va al Malecón habanero un 13 de julio al amanecer y se escucha atentamente el sonido del oleaje golpeando los arrecifes, entre ola y ola, se podrá escuchar el clamor de justicia que emiten desde el mar las almas de los asesinados en el remolcador 13 de Marzo. Si se regresa 10 días después, entre los sonidos de la brisa fría que viaja de la tierra al mar, se escuchará cómo Virginia Herrera Brito pide la captura de su asesino, el militar del AK-47.
No habrá silencio mientras los culpables no paguen de algún modo.